Respuestas en una servilleta

I. Ella camina con una bandera enrollada en la mano izquierda, por entre medio de la gente en la plaza central de la ciudad del mole y el mezcal. No sé si realmente es ella a quien busco.

Hay más de quinientas personas con insignias de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca. “Todos somos uno”, cantan de cara al palco donde dentro de un rato van a pedir por la liberación de seis compañeros. Hace más de un año que están presos, desde aquella histórica toma de medios en la que la ciudad hizo tambalear al gobernador Ulises Ruiz. Ella sigue caminando y encara hacia el montón de mujeres que reparten volantes y levantan pancartas al lado un cantero de flores amarillas. Avanza con la espalda un poco encorvada, como si algo le pesara. Entonces, pienso que debe ser ella. Por lo que me contaron, muchas cosas debe llevar en esa espalda.

-¿Patricia? – No espero a que me conteste y me presento.

Sonríe y asiente. Es ella, es una de las fundadoras de la Coordinadora de Mujeres de Oaxaca. Mira el grabador que tengo en la mano y me cita para el día siguiente a las siete de la mañana en el bar del Sindicato de Trabajadores de la Educación.

-Acá no, por las dudas- Dice como si tuviera que dar una explicación. Mira para todos lados, levanta un poco la cabeza. Frunce el ceño. ¿Desconfía? Lo único que veo es docentes y más docentes entonando cantos de lucha. Pero es su lugar y lo conoce como nadie. Entonces, yo también miro a todos lados y frunzo un poco el ceño. ¿Desconfío?

Después de unos minutos, descubro que el olfato de Patricia no falla. La Policía oaxaqueña forma un cordón alrededor de la plaza.


II. Patricia no llega y ya me quedan pocos frijoles, la mitad del huevo frito y voy por la segunda taza de café gratis. Las mesas se van llenando de profesores y maestros. Todas las charlas se condensan en el aire como un solo barullo. Una sola voz. La voz del pueblo, pienso. Debió sonar así de fuerte en octubre de 2006. Patricia aparece y desde la puerta ya me hace señas de perdón. “Tuve que llevar a los chicos a la escuela y después a arreglar la bicicleta fija. La usamos de perchero pero mi hija insistió”. Antes de pedirle al mozo que le traiga un desayuno completo, prende el primer cigarrillo de los cinco que va a fumar durante nuestro encuentro.

Para hablar, baja su cabeza de rulos castaños y susurra. Me cuesta entenderla. A su marido lo mataron hace cinco años cuando se enfrentó a la policía. También era docente, como ella. Sus hijos son adolescentes. Acaban de volver de México DF. Los tuvo que mandar allá porque su casa dejó de ser una casa para ser pura ventana rota y amenazas. Me dice que ella también tuvo que irse. Que vive en. Patricia cambia de tema. El mozo se acerca con la bandeja repleta. Ella me cuenta de la bicicleta fija, de los kilos demás que tiene, de las buenas notas de su hija, de lo que a su hijo le gusta el fútbol. De ahí en más Patricia no va a contarme mucho más. O al menos no va a hablar de lo que yo espero.


III. Estoy algo desorientada cuando Patricia agarra su cartera negra del respaldo de la silla. “Veámonos la semana próxima, Ana”. No me deja contestarle que no voy a estar en la ciudad y me besa. Se aleja y vuelve. “No dejes nada en la mesa”, dice en voz baja. Al lado del plato de frijoles que no terminó de comer hay una servilleta garabateada. Dibujos de trazos infantiles. Una mujer con lágrimas desparejas saliendo desde la oreja, una casa con la ventana rota, una pared sin perspectiva, una nena y un nene casi en el margen de la hoja. Hay tachones por todas partes, algún agujero, manchas de salsa. Un hombre acostado en la parte inferior y una cruz sobre su cabeza. Miles de siglas. Conozco algunas. Flechas o balas.


IV. Tengo todavía esa servilleta doblada adentro de un cuaderno. Espero volver algún día. Espero respuestas.

1 comentario:

laura dijo...

Anu :me gustó muuucho tu relato, es sobre una experiencia tuya ?? Un besote y q sigas trabajando entusiasta!! Laura Loyola